Apología N° 19 en librerías

Ya está a la venta la última edición de nuestra revista.
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En este número:

-“Detrás de La Pared”: Nota Editorial.

-“Sorrento Heavy Metal”: Crónica que invita a conocer la increíble historia de ‘Los Metálicos”, grupo de pibes venidos del heavy metal que en pleno menemismo formaron la barra del Club Argentino de Rosario. 


-“Cuando una cosa es golpeada por la tristeza”: Relato que investiga el oficio más viejo del mundo, la recolección de frutos caídos al suelo, como forma de sobrevivir en la ciudad, al tiempo que se pregunta por el amor que crece en la adversidad. 


-“Una cosmovisión en los suburbios del cosmos”: ¿De qué se habla cuando se habla de ‘naturaleza’ sin contemplar el dolor humano? Sobre el ecologismo y sus distintas vertientes.


-“Mecánicas y mecánicos al servicio de las parturientas”. Intimidades de una Maternidad. 


-“El hombre que está solo y chatea”. La soledad y la espera en épocas de redes sociales. 


-“Porchia-Remix”: Poema-Manifiesto. 


-“La ciudad que se mueve”. Una vuelta completa en el 112, línea cuyo recorrido es el más largo de todo Rosario. 


-“Un espejo de la hermana melancolía”. Crónica de un viaje al conurbano que emprendieron los redactores de nuestra revista y los poetas de la editorial “Pesada Herencia”. 


-“El hombre que mide el vago tiempo con el cigarro”. Entrevista con Carlos Varela, el “abogado de los narcos”. 


-Sección “El Callejón”: La carne a la carne llama y conmueve- Los muertos. 


-¿Dónde está Santiago Maldonado?

Detrás de La Pared (Nota Editorial).

Al pibe renegado que en verdad solo quería cuidar de su hermano más chico y que había estado preso en la cárcel de menores le pregunté si alguna vez volvió a pasar por el lugar donde estuvo encerrado. “Ando siempre por ahí y veo a los familiares de visita. Cuando estás adentro esperás a tus visitas, cuando salís ves cómo ellos esperan a las suyas”, me contestó y dio a entender, obviamente, qué es lo más importante para quien cae detenido. 


En un bar que ya no existe conseguí que el encargado me dijera algo sobre ese tipo que todas las tardes se sentaba solo en una mesa, sin hablar, y ahí se quedaba horas y horas hasta la noche. “Le decimos el hombre de la lágrima porque siempre pide una lágrima”, me confesó finalmente riéndose. 


A pocas cuadras de la terminal encaré a un viejo que pasaba los días en la verdulería de la esquina de su casa. Sé que mantuvo esa rutina hasta que murió. “Este es el mejor barrio del mundo”. “¿Usted dice?”. “Claro. Si acá viví toda la vida y la pasé sensacional”. 


Hace ya varios años, una prostituta callejera no quiso decirme su nombre pero me pidió que en la nota la llame Soledad. Aún recuerdo esto: “A una persona con HIV no la aceptan en ningún lado. Dios te lo puede curar pero eso nunca te lo van a creer. Creo en Dios y también en la maldad”. 


Sin embargo, nada recuerdo más que la charla que dos conocidos mantuvieron en un bar y que escuché mientras miraba por la ventana. Eran dos viejos referentes de las barras de antes, de esas que no peleaban por plata sino por ganas de pelear. Ambos estaban desencantados de su pasado, pero el que más hablaba se mostraba incluso resentido y apuraba con preguntas a su compañero, que en un momento le dijo: —Tenés razón, las peleas legendarias nunca existieron, eso es el mito que se creó después. Era todo violencia y sinsentido, pero seguí peleando porque me divertía. 


— ¿Y cómo podés decir que eso te divertía? 


—No te enojés —lo frenó sin perder la tranquilidad, casi con gracia—. Solo te estoy diciendo cómo me sentía yo en ese momento. ¿Qué otra cosa te puedo contar? 

Recuerdo esa charla, justamente, porque fue la que me abrió el camino para todas las que vinieron después. Su sentencia final fue la clave de nuestro periodismo. Teníamos que salir a la calle a investigar lo que se dice tras las paredes donde el mundo esconde al mundo. Teníamos que salir a escuchar. Como dijo un poeta rosarino en uno de sus versos, “no hay respuesta más atinada que preguntarse QUÉ”.