Apología Nº 18 en Librerías

Ya está a la venta la última edición de nuestra revista.

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En este número:

“Bicho de Luz”. Nota Editorial.

“Por dinero y por placer: feminismo y trabajo sexual". Entrevista con María Riot.

“Itinerario Vagabundo”: Cómo perderse en la ciudad.

“Bosques de adoquines y montañas de basura”. ¿Son la ciudades parte de la naturaleza?

“Lo que a mí me sirve es estar vivo”. Entrevista con el músico Juan Iriarte.

“Días de Oficina”. Narrativa ciudadana sobre el horror de la rutina.

“La tumba de Santiago”. Poemario.

“Esto no es una leyenda”. Sobre El Pimpi & EL Pillín. Ni crónica policial ni mística marginal.

“Investigación del paisaje Cotidiano”. Cuarta Entrega: Barrio La Sexta.


Sección “EL Callejón”: Nocturno de Domingo- Lo que hay detrás”-“La Calle se pierde en la calle”. 



Algo que no puedo olvidar de un grupo de aventureros que conocí de pibe es que siempre, al volver de sus andanzas —encendidos por el alcohol y entusiasmados por las noches que se abrían enormes e interminables—, recordaban a los que habían parado allí antes que llegaran ellos. Evocaban la historia del Gitano y su banda, que había dado con el botín de un banco y que había sido quebrada, pero antes de caer logró esconder el dinero en el pozo de una casa abandonada para regresar a buscarlo tras años de prisión. Festejaban a Chispita, un flaquito que una tarde cagó a trompadas a un cana sin importarle el feroz vuelto que le hicieran pagar. Discutían, casi sin quererlo, sobre el silencio del Ariel, que era una especie de jefe y que un día se alejó de todos para beber en soledad.

¿Era otra cosa que algo ya imposible lo que añoraban en sus conversaciones?

La calle había cambiado, por supuesto para mal, y los héroes del ayer hacían equilibrio para no caerse fuera del mundo: uno luchaba contra el bicho, otro había tenido hijos y no quería correr más riesgos, otro se había metido en la religión.

De estas charlas pasaron casi veinte años; hoy son mis propios ídolos los que abandonaron la calle. Es lógico, como también lo es que ya no tengan presentes las historias de sus maestros —escribo esto en un bar que da a la plaza donde los conocí y hasta los árboles me resultan distintos—. Sin embargo, si la ciudad los vuelve a cruzar y hay tiempo para una charla, las palabras olvidadas y recuperadas brillan iluminadas por el resplandor de lo legendario.

Así fue y así será. Cuando ando por la vieja avenida o me pierdo en esas callecitas que nunca termino de conocer, es el recuerdo de sus recuerdos el que arde en mí para hacer más cálida la melancolía, como un bicho de luz alumbrando el pasado y los días por venir.